lunes, 9 de marzo de 2015

Sobre el tren, y el país

Por Carlos Hughes

La decisión de estatizar el sistema de ferrocarriles no admite, en sí misma, reproches. Nunca debieron dejarse en manos de privados porque a diferencia de otros medios de transporte, y de otras industrias, su ecuación no está dada desde la economía sino desde el impacto social cuya ganancia no se cuenta, claro, en metálico.
La historia del ferrocarril argentino es una historia de desaciertos continuos. Nacieron con los objetivos más altruistas y terminaron en manos de dirigentes que, en el mejor de los casos, los manejaron con ignorancia supina, o desde la óptica del negocio a corto plazo. La década menemista fue, quizás, el sumun de esta última expresión: fue allí que se terminó el sueño de construir un sistema para todos, de alcance nacional. Aquella frase “ramal que para, ramal que cierra” fue hasta las últimas consecuencias, y aún las estamos pagando.
Con la ecuación financiera como objetivo mayor fue que se concesionaron líneas completas para el transporte de carga, actividad que histórica y estadísticamente fue el eje de la actividad, por su rentabilidad; y se dejó a criterio de esos concesionarios el tipo de explotación en las líneas que no eran redituables, muchas de ellas con llegada a grandes regiones, permitiendo que el uso de la infraestructura –que la pagó toda el Estado- se adecue exclusivamente a su ecuación financiera, a cambio del pago de un canon anual.
Lógicamente los empresarios centralizaron su actividad en los ejes troncales de sus redes privilegiando el transporte masivo “punta a punta”, que produce los mayores beneficios económicos, abandonando prácticamente el resto: los pueblos que quedaron a la vera de la vía sin actividad alguna. Así la red operable se redujo a de unos 35 mil kilómetros de vías en 1988 a 8.500 una década después. Esto tuvo efectos directos en los productores instalados fuera de la zona de operación de los concesionarios que quedaron excluidos de los servicios ferroviarios, de igual forma que los pequeños y medianos productores que aún estando dentro de los corredores activos no acumulaban los volúmenes de carga mínimos requeridos. Esta situación cambió radicalmente la composición agraria de distintas regiones, pues la rentabilidad de la explotación agrícola necesitaba mayores extensiones. Así se produjo el abandono de zonas a las que se comenzó a identificar como inviables.
Mientras tanto, la existencia de los trenes de pasajeros interurbanos quedaron condicionados por las posibilidades de los Estados provinciales de solventar los costos necesarios, ya que la mayoría de ellos cumplían una función social no redituable económicamente, agravado por el hecho de que ahora debían abonar un peaje a los concesionarios de carga para circular por “sus” redes, que además se mantenían –y mantienen- para transitar a velocidades muy bajas no compatibles con las necesidades del transporte de pasajeros.
El paso del tiempo y esta realidad provocaron la lenta desaparición de estos servicios, con la excepción de algunas agónicas iniciativas provinciales. Entre otros efectos, hubo pueblos enteros que desaparecieron o subsisten a duras penas con un puñado de habitantes ya que la migración de la población activa que tenía una dependencia directa de los servicios de trenes -por su aislamiento de los otros medios de transporte-, produjo importantes cambios culturales y sociales acentuando el proceso de concentración poblacional en las ciudades grandes. La otra gran consecuencia está en relación con el empleo directo: desaparecieron unos 80 mil puestos de trabajo.
También en este tipo de decisiones de Estado, que jamás deberían quedar en manos de los humores políticos de algún “iluminado” que habite coyunturalmente el poder, debe ponerse un punto final, una suerte de Nunca Más.
Así como en la Educación, que ha hecho de los estudiantes sus conejitos de india desde que la democracia volvió al país, cambiando una y otra vez de sistemas, en rubros como Salud, Seguridad y Transporte es cada vez más necesaria una Moncloa doméstica que permita trazar rumbos y planificaciones que excedan los tiempos que imponen los mandatos políticos.
Por estos días renace en Chubut la idea de un tren transpatagónico, que parta de Buenos Aires y llegue hasta Tierra del Fuego incluso. Hay varios proyectos y uno de ellos, de la senadora Graciela Di Perna, tiene aún estado parlamentario en el Congreso Argentino. No obstante, hacerlo bien demanda un tiempo que supera largamente los políticos: atraviesa más de dos mandatos presidenciales. Y en un país en donde quien llega al poder primero derriba lo construido y después impone sus propias ideas, sin discutir siquiera la calidad de las anteriores, resulta imposible pensar en el largo plazo que una estructura de esta magnitud necesita.

Acaso sea el momento de un gran acuerdo nacional respecto a los temas medulares que nos atraviesan. O de seguir siendo siempre el país que puede ser, pero nunca es.# 

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