Por Carlos Hughes
La decisión de estatizar el sistema de ferrocarriles no
admite, en sí misma, reproches. Nunca debieron dejarse en manos de privados
porque a diferencia de otros medios de transporte, y de otras industrias, su
ecuación no está dada desde la economía sino desde el impacto social cuya
ganancia no se cuenta, claro, en metálico.